
Existe una parte del movimiento de las estrellas que es el nuestro, en este lento, el cuerpo retorna a sus principios cósmicos, se convierte en la primacía antigua del origen y la prolongación del infinitum, de allí que ese sentimiento nos remita a la unificación con el universo. Poder extender nuestro influjo más allá de los tiempos y los espacios, nos hace pensar en la más alta comunión con los instantes, nos desintegramos y nuestras partículas se confunden con el todo, y de nuevo la danza, ese eterno vals del movimiento celeste, principio de nuestra carne y nuestra esencia.
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